SARNA CON GUSTO NO PICA

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Hoy se cuentan por centenares de miles, quizá millones, aquellos que desconfían de la democracia. Pero pocos de ellos son conscientes de que, si pueden desconfiar, es gracias a los derechos que ella les da: libertad de expresión; el sistema educativo que los formó, la sanidad a la que acceden, el dinero público que los sostiene.

Eso lo conocemos bien quienes tuvimos que vivir el régimen anterior y sufrir, y digo bien, sufrir, las consecuencias de una educación nacional-católica sin ningún tipo de libertades políticas y absolutamente precaria en lo económico y en lo social, sobre todo para aquellos que éramos residentes de la España rural.

Hicimos la Transición, con nuestras demandas en la calle, lo mejor que supimos y toreando con lo que nos dejaron hacer. Y tragamos con lo que no nos gustaba en aras de la convivencia común. Y aunque el pacto final implicó que dejáramos muchas “plumas” por el camino, pudimos recuperar, desde el derecho al voto, a muchos otros derechos que hoy nos parecen de lo más normal; derechos que pasan desapercibidos como si siempre hubieran estado ahí: la educación hasta su máximo escalón (el universitario), la sanidad universal pública y gratuita, la libertad de género y sexual, el derecho a expresar libremente nuestras opiniones… Todo eso está ahí, y no supone otra cosa que el fruto de la consolidación de aquella democracia que logramos con la Transición que, imperfecta y todo, nos ha llevado a vivir los mejores cincuenta años de la existencia de este país. 
¿Eso quiere decir que hay que aceptarla como inamovible? ¡Por supuesto que no!

La democracia es un ente vivo que hay que cuidar y alimentar diariamente para evitar que enferme. Algo que no solo no hemos sabido hacer, sino que agravamos diariamente desde los pilares de la polarización, la deshonestidad y la desvergüenza de nuestros políticos cualquiera que sea su ideología y condición.

Que los descontentos busquen la alternativa en modelos totalitarios, eso solo habla de su nula formación política y su desprecio por la breve historia democrática de este país: tan acostumbrados están a utilizar sus derechos que no ven lo fácil que resulta su destrucción. 

Soy un hombre mayor, que luchó como pudo por alcanzar la democracia; que participó en movimientos políticos y sociales (especialmente el ecologismo) para cuidarla y engrandecerla; que con el tiempo aprendí a escuchar a los demás, y que, cómo no, con el paso de los años llegué hasta esa posición de desengaño y frustración que sufrimos muchos de los de mi generación. Pese a ello, pese a la detestable corrupción que atenaza a los políticos, instituciones y poderes fácticos, sigo creyendo en el régimen democrático como en el “menos malo” de los regímenes políticos conocidos en la actualidad.

Pero lo que nunca pensé es que al final de mis días vería caer la democracia de manos de las generaciones más libres y educadas que ha tenido este país. Pues que así sea. Al final, como decimos por mi tierra, la Mancha, “sarna con gusto no pica”.



COLORES Y SILENCIOS: MEMORIAS DE LA TRANSICIÓN

Me pregunto la razón —si es que es posible calificarla así— de escribir estos recuerdos. ¿Acaso entiendo que pueden tener algo de interés? ¿No será un mero ejercicio de vanidad? ¿Por qué interpreto que esta especie de "memorias" ha de interesar a los demás?

Y tengo que contestarme que no lo sé. De modo que la duda permite aflorar como una especie de vergonzoso rubor que me induce a desistir del intento; lo que me lleva a abandonar los folios una y otra vez. Pero luego retorno a ellos, no sé por qué, aunque me gustaría mucho conocer la razón.
Ante un dilema semejante, Azorín manifestaba: "Yo quiero evocar mi vida […] y dudo ante las cuartillas de si un pobre hombre como yo […] debe estampar en el papel los minúsculos acontecimientos de su vida prosaica…". Pero pese a todo, con dudas o no, decidió escribir aquellas Confesiones de un pequeño filósofo, pasajes autobiográficos de infancia y adolescencia que concretó tomando de entre sus recuerdos notas vivaces e inconexas con las que "…pintaré mejor mi carácter, que no con una seca y odiosa ringla de fechas y títulos".

Sin embargo, a diferencia de Azorín, yo no quiero evocar mi vida, pero sí una época y la forma de vivirla de los que, por una u otra razón, nos encontramos en el momento de aquellos hechos anclados y postergados por nuestra permanencia en un medio atrasado; en realidad, la mayoría de los jóvenes de la España rural.

Aún encuentro a muchos de ellos, por supuesto hombres más que maduros hoy, que continúan sin apenas conocer la Transición, que siguen sin saber por qué la hicimos y qué fue lo que significó.

Para ellos escribo, pero también lo hago para esos jóvenes que ya apuntan años y que son los que constituyen la generación que nos sucedió. Porque ignoran tanto como nosotros ignorábamos entonces, pero con un agravante, ignoran por puro desinterés. Y ello les está pasando una factura colosal: el retroceso generalizado en los valores democráticos y el desmantelamiento progresivo del "Estado del Bienestar", una situación que los aboca a unas condiciones sociales y laborales que ya se acercan peligrosamente a las que vivimos nosotros en nuestro tiempo anterior.

Puede que este hecho constituya la adecuada razón que justifique el empeño por rememorar esta época. Aunque si esto no fuera así, quizá baste el hecho de querer testimoniar sobre aquel tiempo que a muchos de nosotros simplemente "nos pasó" sin darnos la oportunidad de participar en ellos: de participar en ellos políticamente, claro está.




 

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