¿Es perfecta nuestra democracia? ¡No, sin duda no lo es! Quedan muchísimas cosas por mejorar. En asuntos como el acceso a la vivienda hemos ido para atrás; mientras de otros, como la posibilidad de una involución autoritaria, nunca hemos estado tan cerca. Por otro lado, la prosperidad económica no ha alcanzado a todos por igual, ni mucho menos; el ascensor social hace tiempo que se rompió, aunque casi todos los jóvenes lleguen hoy a la Universidad. Esto es, no todo ha sido perfecto en nuestra evolución democrática, pero sinceramente pienso que estamos mucho mejor que cuando carecíamos de ella.
Nuestro presente, por tanto, es muy mejorable; pero si miramos la España de medio siglo atrás, sinceramente, no hay color. La transformación de este país causa admiración cuando es vista desde el exterior, pero no ocurre lo mismo cuando la observamos con mirada propia.
Y por qué ocurre esto. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer los méritos de nuestro propio país?
Como siempre, para dar respuesta a esta cuestión tenemos que recurrir a la historia, concretamente a la muy manida y deficiente construcción de la nacionalidad española.
La nación fue una idea revolucionaria nacida del 1789 francés que transformaba al pueblo en soberano y a los súbditos en ciudadanos. Un concepto progresista para unir a muy distintos pueblos bajo la égida de un mismo Estado: el Estado-Nación.
De este concepto de nación progresista, España adoptó una mutación reaccionaria como nación católica; esto es, el nacional catolicismo. Su hito fundacional: el 2 de mayo de 1808. El pueblo más bruto y analfabeto contra el francés, creando la convicción que cuanto más salvaje y más beato, más patriota. Mucha Numancia y mucho Cid como argamasa de la nación.
Y desde entonces, en los últimos dos siglos, perdimos las colonias, vivimos cuatro guerras civiles, sufrimos varias dictaduras, y nos dedicamos a mantener sueños del glorioso pasado que ya no eran otra cosa sino meros delirios.
La España de 1975 era una nación de súbditos y/o represaliados, pero no era una nación de ciudadanos. Esa estaba por construir. De ese modo construimos una nación democrática ambivalente: la de la derecha de los desfiles militares y las pulseritas rojigualdas en la muñeca; y la de la izquierda, concebida como antagónica a la excluyente fabricada por la reacción.
En España el patriotismo sigue siendo monopolio de los reaccionarios, y el rechazo a la bandera, la respuesta natural de los que defiende el progresismo y la libertad. El resultado no es otro que el de un país que ha vivido su mejor época con la democracia, pero que no se lo llega a creer.
Sin embargo, tenemos motivos de sobra para recuperar nuestra estima. Comencemos por aceptar quienes somos, de dónde venimos y adónde queremos ir. Esa es la base del armazón que debería fraguar la nación de todos los españoles y el verdadero concepto del patriotismo español.
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Utilizar la memoria y el recuerdo como fuente de estudio, desde luego, conlleva serios inconvenientes. Porque la memoria siempre es inestable: se puede borrar, modificar, ampliar; y se puede, además, tergiversar intencionadamente aquello que ocurrió. Pero pese a todo ello, continúa siendo una herramienta válida de reconstrucción de los hechos del pasado a través de una mirada surgida desde el presente. La persona que rememora, matiza su experiencia, la dota de peculiaridades; saca a la luz una memoria colectiva oculta durante décadas a espaldas de la versión de la historia oficial. De esta manera, el conjunto de relatos que componen esta obra, diversos y heterogéneos en lo que respecta a sus historias de vida, mantienen, pese a todo, un elemento común: con ellos es posible ampliar la historia conocida para entrever un nuevo contexto social que, probablemente, desconocíamos.
No es una reconstrucción fácil, ni tan siquiera pacífica, pues siempre surgirán controversias, desencuentro sociales y políticos que vienen a demostrar que el conflicto vivido ochenta años atrás, de alguna forma, continúa latente en la sociedad. Recuperar la memoria, por tanto, se convierte en una labor pedagógica esencial. Es el contrapunto al silencio. Un silencio que aviva rencores, e imposibilita el cierre de las heridas.
La presencia de la memoria, por tanto, nos brinda la posibilidad de que aquellos testimonios que no quieren ser escuchados, o que son rebatidos, puedan ser expresados; puedan ser oídos. Esto es lo que pretende este texto: aportar un mínimo de conocimiento más a la recuperación de esa memoria. Ojalá que el futuro lector lo considere como tal, sin buscar dobleces o segundas intenciones. Porque si eso fuera así, esta obra habría fracasado en su intención.

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