Es un concepto propio de la modernidad el situar a los seres humanos al margen de la naturaleza. Concebimos la naturaleza como algo que está a nuestro servicio y que por tanto podemos conquistar, o al menos, domesticar, además de utilizarla como depósito de nuestros desechos.
De acuerdo con esta visión, los seres humanos tenemos derecho a disfrutar de la naturaleza. Pero no tenemos deberes para con ella. De modo que producimos, consumimos y desechamos sin que importe el desequilibrio ecológico que provocamos.
Más allá de una acumulación de cosas inútiles, la basura es un privilegiado testigo de nuestra desconexión con la naturaleza, con la Tierra, y con nuestra propia existencia. Es la sombra de lo que queremos ocultar en los márgenes, pero que sin embargo está ahí. Y por tanto algo bueno deberíamos hacer con ella… Pero ¿qué?...
Desde luego, lo primero, evitar su mercantilización; es decir, prohibir absolutamente la importación-exportación de basuras y residuos a otros países menos industrializados, por no decir más pobres y hambrientos. ¡Hay que dotar de derechos a las basuras que producimos!
¡Valiente idea, pensará más de uno!
Pero, sí, es una idea atrevida pero veraz: cada país debería encargarse de gestionar sus desechos en su propio territorio asumiendo sus molestias y sus costes, tanto económicos como sanitarios: seguro que no se producirían tantos como se producen.
Pensemos en qué es la basura más allá de los residuos extractivos. Pues, ante todo, aquello que en un momento determinado ya no queremos ver: papeles, ropa usada, restos orgánicos, embalajes, recuerdos que nos estorban… Y cuánto más despechados, más basura; cuánto más ansiosos, más basura; cuánto más consumistas, más basura; y así un largo etcétera.
Vivimos en un mundo ampliamente deshumanizado y desnaturalizado. Por tanto, hablar (o escribir) sobre basuras es un ejercicio que carece de todo sentido práctico. Y ello, porque hemos perdido la capacidad de entender el valor de la basura como materia orgánica natural. Nos es difícil recordar que, durante muchos siglos en la historia, las sociedades reciclaban y reutilizaban, y lo que sobraba volvía a la tierra cerrando el ciclo natural.
Fue con el desarrollo del capitalismo, sobre todo en su faceta petrolera, cuando aparecieron los residuos inorgánicos no degradables, los químicos y los miles de productos de un solo uso: comprar, usar y tirar.
Ante ello, si no repensar el capitalismo —propuesta que ni me planteo realizar por su ingenuidad actual—, sí que deberíamos repensar el tema de qué hacer con las basuras: entre otras cosas, no desechar lo que aún sirve, restaurar lo desgastado, reciclar y reordenar en nuevos ciclos ecológicos, y gestionar cada nación en su propio suelo los desechos que produce.
Todo tiene vida; y todo es vital para nuestra existencia, incluso la basura. Por eso hay que integrarla en el proceso de reproducción de la vida y eliminar la percepción de los residuos como el actual icono de desconexión entre el hombre y la naturaleza.
Y aunque expresar estas ideas sea como pedir peras al olmo, y que uno sepa que para nada servirán, ya es bastante recompensa pensar que a alguien les molestarán. Pues eso, a ver si es verdad y remueve algunas conciencias entre aquellos que tienen poder de mando y decisión.

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